Elegir o ser elegidos

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En el taller trabajan varios mecánicos. Manolo, gracias a su experiencia, domina muchas averías tanto mecánicas como eléctricas; Raúl, otro de ellos, hace un par de años que acabó su formación, y por ahora ha trabajado sólo en un par de talleres. Por antigüedad en la empresa, a Manolo se le permite elegir qué coches atender (casi siempre tareas rutinarias y poco problemáticas que hace casi sin pensar, como cambios de neumáticos o de aceite), y aquellas averías que él desecha quedan para Raúl, que normalmente se ve superado por planificados de culata o ajustes de árboles de levas que no quedan del todo bien calibrados. Ambos lo hacen lo mejor que pueden, pero tal vez no sea la mejor forma de atender a los clientes.

Sonia llegó un año más tarde que Elena al centro de salud. Y aunque ésta hizo un postgrado sobre úlceras, varios cursos sobre apósitos, y participó varios años en grupo de investigación sobre cicatrización de heridas, es aquella la que se encarga de atender las curas urgentes o crónicas. El motivo es que las enfermeras veteranas escogen primero su puesto, y Elena en este momento prefiere dedicarse a la burocracia sanitaria que a la atención al paciente.
 
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Esto es lo que pasa en los colegios. No pretendo comparar alumnos con coches ni con enfermos, sólo visibilizar lo que sería un sinsentido en otros ámbitos, pero que se vive con normalidad en la mayoría de centros educativos: empieza el curso, y los docentes escogen los grupos en función de su antigüedad. En la práctica, salvo casos donde sale a relucir la ética profesional, esto suele suponer alguna de las siguientes situaciones:
  • Que no se elijan hasta el final los grupos más complicados (por numerosos, por tener algún alumno con discapacidad, por disruptivos,...), quedando para los últimos en incorporarse al claustro (normalmente provisionales o interinos).
  • Que alumnos con alguna necesidad específica queden con profesores sin formación o experiencia en ese aspecto, o con profesorado que está de paso en el cole, mientras otros del centro que sí tienen dicha formación o son definitivos, y podrían por tanto darle continuidad a la intervención, estén adscritos a otros grupos.
  • Que docentes con sistemas de trabajo parecidos queden alejados en la etapa, mientras otros que no dominan o no comparten metodología ni herramientas se ven obligados a convivir en el mismo nivel.
El de 5º que trabaja por proyectos y con TIC, que sufre al tener que programar con una compañera de "libro de texto y exámenes"... y añora el trabajar con varias compañeras en cursos inferiores a las que sí les tira el ABP y los cacharros de enchufar. El interino nombrado unos días antes de empezar el curso que, sin tener experiencia ninguna con SAAC o TEACCH, "se come" el grupo con el niño autista... mientras en el centro hay varios profes que hace años ya manejaron casos similares, e incluso alguno de ellos se formó en TEA, pero ahora imparten en "grupos cómodos" (que podrían ser atendidos por cualquier profesional sin un perfil específico). Todos habremos vivido alguno de esos claustro de resignación e incluso envidias.

No digo que el profesorado con cierta formación o experiencia esté condenado a atender siempre ciertos grupos, ni que los más novatos no deban enfrentarse a retos profesionales con los que ir mejorando: habría formas de organizarlo para que no fuese así. Lo que sí defiendo es que la adscripción docente-grupo debería basarse en aspectos pedagógicos, y no en los años de servicio. Y empleo el término adscribir en lugar de elegir porque creo que ahí está la clave: no son nuestros intereses, son los de ellos.

Además la normativa va por ahí. Aquí en mi comunidad dice que la dirección del centro asignará curso y grupo a propuesta de la jefatura de estudios, en base a: 1) el buen funcionamiento de los proyectos tecnológicos, bilingües, y otros que pudiera haber en el centro; 2) intentar prestar la mejor atención posible a las necesidades del alumnado; 3) rentabilizar el capital humano; y 4) buscar el consenso, facilitando la concurrencia de capacidades y esfuerzos. Después afirma que en los grupos restantes, si no hubiese consenso, se aplicarían otros criterios: respetar la especialidad de cada profesor; respetar el derecho del alumnado a continuar con el mismo docente, si procede; y, cumplidos los criterios anteriores, la antigüedad (en el centro, en el servicio, el año de promoción de ingreso, o la nota obtenida en la oposición).  Aún por encima, también recoge que en casos excepcionales si el equipo directivo ve razones pedagógicas para organizar de otro modo, podría hacerlo (con la autorización de la inspección, claro está).

Vamos, que la antigüedad ¡sería de los últimos aspectos a tener en cuenta! Hay otros más importantes que podríamos llamar de competencia específica, de atención al alumnado y a la diversidad, de optimización de recursos, y de confluencia metodológica. ¿Y por qué se sigue teniendo entonces ese mero cómputo de años (incluso meses) como prioritario? Supongo que por desconocimiento, por costumbre, por miedo al conflicto, por la presión de los privilegios adquiridos (dile tu al que ya ha cosechado sexenios, que ahora no elige de primero, y verás qué te responde).

El caso es que en un centro educativo deberían primar siempre los aspectos pedagógicos y organizativos, no las preferencias de cada cual. Aunque en este caso suponga enfrentarse a costumbres arraigadas o incluso a vacas sagradas: lo importante debería ser la mejor conjugación entre el potencial humano del centro y las necesidades de los grupos y alumnos.

Imagen: Amanda Mills, Discussing. En Public Domain Images, CCO.

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