Blimagen: Despedida

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Tras más de 10 años trabajando en el centro, con discrepancias a veces pero en general cómodamente, ya tenía asumido que me iba a jubilar aquí. Pero no. Las decisiones tomadas por el claustro en los últimos cursos me han ido empujando a esta situación.

No las culpo, pues no tenían mala intención, y al final ni a ellas les hizo gracia el asunto, pero desde que aquellas compañeras hicieron ese Máster en metodologías del siglo XXI (o algo así era el título, ahora no lo recuerdo), el talibanismo metodológico empezó a extenderse. Plantaron una semilla interesante en el colegio, con la idea de que la mejora docente se extendiese como las raíces y las ramas de una planta. Y lo cierto es parte de esas innovaciones dieron su fruto: actividades chulas, mayor motivación del alumnado, modernización de métodos y recursos,... Pero nada puede crecer continuamente, y menos cuando además de flores hay espinas.

Porque mientras sólo se trataba de algún proyecto, de poner a los chavales con las tablets y las redes sociales, o de crear aquel canal de Youtube, no hubo problemas. Los que querían sumarse lo hacían, y los que preferíamos seguir un estilo más tradicional en nuestras aulas también, sin ser cuestionados por ello.

Un par de años después ya no era así. Poco a poco se había ido decidiendo, entre otras medidas, que todo el centro hiciese una sesión de mindfullness diaria, que nadie podía mandar deberes salvo que fuese ver vídeos, o que en las calificaciones no se podían reflejar aspectos memorísticos. Yo intenté adaptarme, pues aunque por falta de tiempo (y por miedo, lo reconozco), seguía tirando básicamente de libro de texto, sí que quería que el sistema escolar cambiase, evolucionase. Me anoté en cursos, leí decenas de libros y cientos de artículos en la red, e incluso probé alguna cosa en mi aula, si bien con cierta reticencia a usar a mi alumnado de conejillo de indias. Pero aquello era una vorágine de novedades, algunas incorporadas sin apenas reflexión: asignaturas, dispositivos, métodos, recomendaciones,... ¡Ni dedicándose a tiempo completo podía uno estar actualizado!

Hasta que llegó el día en que la propia administración lo vio claro: no puede haber rémoras en los centros innovadores. Y nos suprimió. Me costó tragármelo, pero me consolé pensando que tendría prioridad en el siguiente concurso, y que incluso podría salir ganando: a lo mejor acababa en un centro más cercano a mi domicilio.

Pero en este ayuntamiento no hubo hueco para mi; ni en la provincia; ni en toda la comunidad. Todas las vacantes exigían titulaciones en inteligencias múltiples, en design thinking, en... El nuevo decreto de especialidades y afines lo deja claro: no das el perfil, no trabajas. ¿Quedarme en casa, cobrando pero sin ir a currar? Unos meses está bien, hasta se agradece, pero luego te sientes vacío. Y además ya han avisado de que la nómina peligra porque se están planteando lo de los funcionarios.

Por eso, tras mucho hablarlo con la familia, estoy ahora aquí, a punto de subirme a un tren en busca de la estabilidad laboral... y metodológica. Emigrante docente sin destino seguro. ¿La Francia de las ratios, la vecina Portugal, la modélica Finlandia? Parece mentira: tener que recurrir a PISA en vez de a una agencia de viajes.

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Entrada distópica escrita con motivo del reto #blimagen2017 lanzado otra vez por @xarxatic, al que me vuelvo a animar como en 2015.

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